16 de junio de 2026

¿A QUÉ VENIMOS A LA UNIVERSIDAD Y QUÉ REQUIERE EL ABOGADO DE HOY? 

Por: Javier Andrés Franco

*Discurso presentado el 28 de mayo de 2026, en la ceremonia de graduación deespecialistas y magísteres de la Facultad de Derecho.

Respetado Sr. Rector, Dr. Hernando Parra,

Distinguida Decana Dra. Emilsen González de Cancino, 

Demás miembros de la mesa principal, del cuerpo profesoral, graduandos, familiares, amigos todos.

Siento gratitud enorme con mi Casa de Estudios y con sus directivas por permitirme dirigir unas palabras a ustedes. en un momento tan emotivo, especial y significativo de sus carreras profesionales. 

Confieso que tuve que reflexionar bastante cuál podría ser la mejor aproximación para esta ocasión. Resolví finalmente que lo mejor es tratar de abordar dos interrogantes, a saber: 1. ¿A qué venimos a la Universidad? y, 2. ¿Qué requiere el abogado en la actualidad? Empecemos por el primero. 

I. ¿A qué venimos a la Universidad?

Siempre digo en mis clases y a mis alumnos que a la universidad no se viene simplemente a adquirir información, sino que esta debe ser una experiencia transformadora; no se puede ser el mismo después de pisar un aula universitaria, especialmente si es un aula del Externado.

De hecho, fue de mis padres —educadores por vocación— de quienes aprendí que en el servicio se encuentra el propósito y en la educación la mayor herramienta de transformación para la sociedad. Por esto entendí que quienes pasamos por un claustro universitario debemos ser actores del cambio y no simples espectadores. Debemos ser conscientes del poder del que fuimos investidos para no desaprovechar la oportunidad que representa acercarse a la universidad para llenarse no solo de conocimiento —que quizás es hoy en día lo menos relevante, dados los avances de la tecnología y especialmente de la inteligencia artificial—, sino para conectar las ideas propias con las de otros, desarrollar una metodología adecuada para aproximarse a los problemas de forma más transversal y, en general, cultivar esa capacidad de formular las preguntas correctas que permitan plantear soluciones.

Al respecto, permítanme compartir una anécdota personal. Tengo una hija de dos años, a quien amo profundamente. Debo decir que le encanta hacer preguntas: ¿cómo?, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿qué? Doy gracias por esa naturaleza y espero poder incentivarla, así como trato de promover en el aula los cuestionamientos constantes.

Hace poco estuve con ella aquí en la Universidad, puesto que iba a recibir mi diploma como profesor ordinario luego de más de veinte años de servicio. Al bajar las escaleras hacia el auditorio, se enteró por la conversación de que aquí era donde yo había estudiado. Ella, sorprendida, se detuvo inesperadamente, miró hacia arriba con cara de asombro y me dijo: «Papá, ¿dónde están los buques?». Yo simplemente quedé maravillado por su capacidad de asociación.

Quienes me conocen saben que me dedico al derecho del transporte, especialmente marítimo. Esta pregunta me sorprendió porque me hizo pensar en la gran capacidad de conectar ideas que tiene mi hija. Claro, si me oye hablar de buques todo el día, lo lógico sería pensar que donde estudié estuvieran los buques, ¿verdad?

En su libro Where Good Ideas Come From, Steven Johnson plantea que las conexiones son la clave de la sabiduría. Señala, entre otras cosas, que muchas veces lo importante no es tanto el número de neuronas que tenemos, sino las conexiones que logramos crear o modificar entre ellas. Importa entonces cómo reconectamos ideas viejas y nuevas, cómo vinculamos puntos que en principio pertenecen a materias aisladas o diferentes, o cómo conectamos las ideas de unos con las de otros. No perdamos esto de vista y busquemos los buques.

Por último, sobre este primer asunto, déjenme decirles que a la universidad también se viene a equivocarse de forma segura. Un error en un examen, por ejemplo —yo aún recuerdo uno que otro—, es de lo que más nos permite aprender. ¿Qué mejor que equivocarse en un ambiente controlado? ¿No es acaso la idea que el error ocurra aquí para que justamente no pase afuera?

No temamos al error controlado —ojalá no en el examen, pero sí en la clase—, pues muchas veces es el que nos permite construir a partir de la observación y la experiencia. Como diría Carol Dweck, psicóloga mundialmente reconocida de la Universidad de Stanford, lo más importante es tener una mentalidad de crecimiento. En su libro Mindset —o Mentalidad, podríamos traducirlo— explica la importancia de ver las caídas, las fallas o los errores como la forma de evolucionar como seres humanos y como profesionales. Por eso nos invita a desarrollar una mentalidad de crecimiento y no una mentalidad fija, aquella en la que por temor a equivocarnos se pierde el gusto por experimentar y, por ende, la oportunidad del aprendizaje real.

Pues bien, este tipo de cuestiones son las que considero fundamentales en la actividad universitaria. La pregunta, la conexión y la mentalidad correcta, mis queridos amigos, siempre han sido, en mi opinión, mucho más importantes que la simple información o incluso que la respuesta misma.

II. ¿Qué requiere el abogado de hoy?

Nunca estuvo tan disponible la información como hoy. Recuerdo que, en la época de mi abuelo, el gran abogado era muchas veces aquel que tenía los libros o el acceso a la información especializada. Hoy la información está en todas partes.

¿Cuáles son entonces las habilidades críticas que pueden marcar la diferencia en la vida profesional? Voy a darles una opinión con base en la oportunidad que me ha dado la vida de compartir las aulas con un ejercicio profesional como abogado de firma durante casi veintitrés años.

1. Capacidad para digerir adecuadamente el problema

Suele atribuirse a Einstein e Infeld aquella idea según la cual la formulación del problema es más importante que su solución. Sin duda alguna, uno de los desafíos más relevantes en la actualidad es comprender correctamente problemas complejos, descomponiendo el todo en sus partes para analizar sus diferentes aristas e implicaciones.

Solo así se puede utilizar, por ejemplo, la tecnología al servicio de los abogados para investigar o conseguir eficientemente información relacionada con el problema, o para determinar cuál es la información relevante para su solución.

2. Compromiso y sentido de servicio

En otras épocas, los abogados teníamos muy claro desde el inicio de la carrera que el compromiso con el trabajo y con los intereses del cliente era prácticamente total, y existía un gran respeto por el proceso pausado de formación profesional. No es que crea aquello de que «todo tiempo pasado fue mejor», pero sí considero importante recordar a las nuevas generaciones que debe existir un sentido de permanencia e implicación suficiente en los asuntos bajo análisis, aunque hoy más que nunca sea indispensable aprovechar todo lo que la tecnología nos ofrece.

Así, en mi opinión, lo mejor será tener la paciencia y la capacidad de confiar en el proceso —como la cocción adecuada de una buena comida que requiere horas—, mientras se ponen al servicio de la solución del problema todos los recursos disponibles, especialmente los tecnológicos.

3. Creatividad en el diseño de la estrategia jurídica

Nada más peligroso que no contar con una estrategia jurídica bien diseñada. Para su construcción, los profesionales de hoy requieren, además de sólidos conocimientos especializados como los adquiridos en programas de posgrado, la capacidad para reconocer adecuadamente el riesgo legal y la habilidad para determinar fórmulas para mitigarlo desde una perspectiva innovadora e ingeniosa, siempre dentro de los límites de la legalidad.

Estas son, a mi juicio, algunas de las demandas más sensibles del mercado, aunque existen otras, como las habilidades blandas. Saber transmitir es a veces más importante que poseer la información. No nos pagan por recitar artículos ni por sabernos los códigos de memoria. Nos pagan por nuestra capacidad de resolver problemas.

Paso entonces a concretar un par de ideas sobre lo que entiendo implica hoy el ejercicio de la profesión de abogado en Colombia:

• En un país en el que muchas veces predomina la violencia como forma de aproximarse al conflicto, quienes hemos pasado por la universidad debemos ser no solo testigos, sino también garantes de una manera distinta de entender las diferencias. No perdamos de vista que la forma de agradecer el privilegio de haber estudiado en una facultad de derecho como la del Externado es aportar a la construcción de soluciones, preservando el interés común desde una perspectiva lógica, argumentada y pacífica.

• No tengamos miedo. Nuestras capacidades son, en muchas ocasiones, iguales o superiores a las que encontramos en los mejores miembros de las más renombradas universidades del mundo. Es cuestión de disciplina, perseverancia, confianza en uno mismo y, sobre todo, de poner el conocimiento al servicio de la solución de problemas.

Recuerdo que a uno de mis grandes maestros en el Reino Unido le escuché esta frase: «Un posgrado puede ser tan bueno como uno quiera. Al final mucha gente aprueba, pero no todo el mundo sabe qué hacer después con ello». Así que conecten, inspiren y aporten a la construcción de soluciones y al desarrollo de nuevo conocimiento. La materia prima está ahí y es de muy buena calidad.

Ya para cerrar, quisiera recordar algunas palabras del maestro Fernando Hinestrosa que me han servido de guía y que guardo como un tesoro, especialmente en momentos convulsos como los actuales:

«Perseverancia, presencia masiva, coraje, confianza en nosotros mismos, dignidad personal y nacional, solidaridad activa y efectiva, exigencia de autenticidad, de honestidad, de calidad. La historia, la antigua y la reciente, abunda en ejemplos de esta índole. Nuestra propia Universidad es una enseñanza viva de esa concepción del mundo y de esa actitud ante la vida. No todo está perdido: sobrevive el ansia de volver a ser, la fe en el trabajo honesto y paciente; voluntad de vivir, voluntad de perseverar, voluntad de superación».

F. Hinestrosa, Instalación del IV Encuentro Nacional de Antiguos Alumnos, Cúcuta, 28 de abril de 1995.

No olvidemos por qué escogimos el Externado. Seamos portadores de su mística, de su exigencia y de su talante, y no olvidemos que estamos llamados a transmitirlos a los demás.

Sepan que esta siempre será su casa, que sus maestros estarán aquí para cuando quieran volver a buscar refugio intelectual o para cuando decidan darles forma a las ideas —viejas o nuevas— en las aulas o alrededor de un café.

Solo me resta decirles, como diría el maestro Hinestrosa, en una sola palabra: adelante.